Es una micro-sociedad que refleja sus valores. Produce sentidos. Podrían ser otros. Si bien se naturalizan son construcciones. Como toda regla. Una de ellas es la demarcación de los espacios. Es una delimitación saturada de simbolismo. Puertas y pasajes, musculosamente custodiadas, sitúan niveles. Juan me explica. Dice que -en primera instancia- “uno puede quedar en la puerta”. Tu lugar es afuera, dice sombrío. Lo define esa mirada vigorosa de la entrada, que sigue estrictas instrucciones de los dueños. El criterio es tu apariencia, que define tu origen, social, económico. Te vas pateando piedritas. Si entrás, vas “al general”, así me dice. Después hay un VIP. Tienen que habilitarte una pulsera para entrar. No entra cualquiera. Y un tercer nivel, me explica didáctico, que es el VIP exclusivo. No sabe explicitarme las especificidades que separan estos dos niveles. Parecen ser más sutiles. Solo que rebotó en el VIP. Eso lo amarga. “no soy un negro cabeza para que no me dejen entrar”, me dice, entre triste e indignado.
El boliche parece establecer y distribuir la pertenencia. ¿Seguirá tal vez los criterios discriminatorios de la sociedad? ¿O contribuirá a construirlos?
Ellos tienen el poder de determinar con precisión el valor personal y social de cada joven. La perspectiva, el juicio, el dictamen se funda en la superficie, en la banalidad, en la apariencia líquida. Importante es el que “tiene” o aparenta “tener”. Es quien puede ocupar los espacios VIP y sentir que pertenece a un círculo valioso.
Recuerdo a un amigo que identificaba a las personas por sus objetos. “Fulano, el que tiene tal automóvil, o tal casa”. Es esa la lógica de la discriminación de los espacios en los lugares de “divertimento”. Identificar de la manera más fútil ser y tener. Los jóvenes son víctimas de esa lógica. Muchos se someten a ella.
¿Habrá posibilidad de repensar todo esto? ¿O resignadamente, tendremos que aceptarlo en un mundo que construye muros, barreras, océanos que separan y expulsan humanos desesperados por entrar a algún lugar, para poder vivir?
¿El mundo se ha vuelto más así?
Claro que no. El viernes me encontré en el ciclo de cine que organiza “Lazos en red” con la biblioteca “Julio Serebrinsky”, con chicos que fueron a compartirla. Algunos eran chicos de la Escuela Técnica de la facultad de Ciencias de la Alimentación. Miramos “La noche de los lápices”. Es una síntesis cruel de la masacre física y cultural que la Dictadura hizo con los jóvenes más valiosos de una generación. A fuerza de censura, tortura y represión, demolieron sus sentimientos solidarios, sus luchas, sus ideales de transformación de una sociedad justa e igualitaria.
En el debate intercambiamos opiniones y pareceres con los chicos. Siguen pareciéndome lo más lúcido, lo más fresco, lo más inteligente. Pero particularmente estos chicos, algunos de ellos, participaron de la obra “Dónde llevar una flor”, que refleja una investigación de la desaparición de Raúl “tito” Maschio por la Dictadura Cívico militar eclesiástica. Fueron orientados por dos talentosos docentes, Tomás Ferrer y Mauricio Amiel, propiciados y alentados por la Escuela, por supuesto. Sus miradas hondas, profundas, inteligentes esperanzan. Su compromiso con la memoria, con la verdad y la justicia, su claridad, su decidida sensibilidad y solidaridad ilusionan.
Fue emocionante escucharlos. Saber que hay jóvenes, digámoslo en castellano, muy importantes, por su calidad intelectual, ética y personal. Ya no por ingresar o no a un espacio fútil, nimio e insustancial abierto por un bruto, para seguir aturdido.
(*) Psicólogo. MP 243