En la era de los celulares y las redes sociales, Alejandra Melero recurre a diario a una insólita forma de comunicarse con sus seres queridos: aferrar sus manos y hablarles a través de los huecos entre los postes de la valla fronteriza que separa esta ciudad estadounidense de Nogales de su ciudad gemela en México.
Con 33 años, Melero tiene permiso de trabajo en Estados Unidos desde 2013, pero no puede cruzar a México hasta que no reciba una autorización judicial que espera y nunca llega, todo un símbolo de un sistema inmigratorio disfuncional que desde hace décadas separa a familias a ambos lados de la frontera.
Su marido e hijos viven con ella, pero extraña a su hermano, sus tíos y abuela, que residen en la Nogales mexicana y a quienes quiere traer a esta Nogales para darles ese abrazo anhelado que les niega la valla, formada por vigas de 5,5 metros de altura separadas por intersticios por los que apenas cabe una mano.
La angustia de Melero ha ido en aumento a medida que se acercan las elecciones del 8 de noviembre: la ansiada reunión e incluso ese mínimo contacto físico y verbal entre las vigas se volverían imposibles si gana Donald Trump y cumple su promesa de reemplazar la valla por un "hermoso e impenetrable muro" de concreto.
"Los planes de ese señor nos van a afectar a todos aquí. Yo le diría que tenga un poco de corazón, que mire las necesidades de las familias que están divididas", dijo Melero a Télam parada al lado de la valla junto a su hijo, los dos con un cartel que decía "Trump" escrito con letras azules y tachado con una cruz colorada.
"Esta es una ciudad de inmigración, de mexicanos, desde siempre. ¡Chale (basta) con usted y con su muro, señor Trump! Queremos trabajar, que nuestros parientes puedan venir", agregó, antes de volver a guardar el cartel en su cartera.
Para muchos, el muro no es una propuesta política viable sino parte de la retórica nacionalista, racista y xenófoba de Trump.
Irónicamente, incluso si el republicano perdiera las elecciones, el "muro" -como le dicen aquí a la valla- existiría igual porque ya existe, y desde hace más de 20 años.
Hermoso no es. Impenetrable, tampoco.
"Pues yo creo que no se necesita más muro. Ya hay uno, (y) si pone otro de 10 metros, lo van a brincar igual, porque la gente honrada tiene necesidad, necesidad económica, y encontrará la forma de pasar, y los criminales y narcos también, si no es por arriba será por abajo, por túneles", dijo Jesús Gallardo, de 31 años.
"La solución no es construir un muro, sino construir alianzas con los gobiernos para combatir los problemas juntos, no echarse el problema el uno al otro", agregó Gallardo, quien es mexicano pero posee su visa para poder ingresar a Nogales, donde trabaja.
En la actualidad, unos 1.100 kilómetros de los 3.200 de frontera entre Estados Unidos y México se encuentran cerrados con vallas, barreras y en algunos puntos, con paredes de cemento.
El costoso sistema raja el paisaje al sur de ciudades fronterizas como San Diego, El Paso y esta de Nogales, 110 kilómetros al sur de Tucson, en el sureño estado de Arizona.
En Nogales, una localidad de 21.000 habitantes, en su inmensa mayoría hispanos, la valla se extiende justo por el centro de la ciudad, serpenteando cuesta arriba y cuesta abajo por la cima de las colinas típicas de la zona hasta perderse en el desierto circundante, donde se convierte en un simple alambrado rural.
Torres de vigilancia, cámaras de seguridad, potentes reflectores que se encienden por las noches y decenas de camionetas blancas y verdes de la Patrulla Fronteriza estadounidense que recorren la valla en toda su extensión, complementan uno de los sistemas de exclusión masiva más chocantes del mundo.
Desde 1992, la Patrulla Fronteriza creció exponencialmente, de 4.000 a 21.000 agentes, como parte de una expansión que floreció con el ex presidente Bill Clinton y se agigantó con George W. Bush.
La Patrulla integra la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés), el organismo de seguridad nacional más grande de Estados Unidos, que cuenta con otros 60.000 agentes y un presupuesto de 19.500 millones de dólares, mayor que el de todas las demás agencias gubernamentales juntas.
Como tantas otras ciudades fronterizas, la economía del lado estadounidense de Nogales está profundamente vinculada a la de la parte mexicana de la ciudad, de la cual depende en gran medida.
Una reciente encuesta del canal en español Univision, mostró que una abrumadora mayoría de residentes en comunidades a ambos lados del límite -86% en México y 72% en Estados Unidos- se oponen a la construcción de un muro entre los dos países.
La mayoría de los encuestados también dijo creer que la retórica de Trump y sus insultos a los mexicanos podrían dañar enormemente la relación con el tercer socio comercial de Estados Unidos.
Millones de productos, desde autos a computadoras y maquinarias, cruzan la frontera diariamente, y otros tantos millones de puestos de trabajo a uno y otro lado del límite dependen de esa relación.
Alejandra Guzmán, ciudadana estadounidense, es dueña de una perfumería en Nogales, a escasos metros de la valla fronteriza, y cree que el muro de Trump significaría la muerte para su negocio y para muchos otros de la ciudad.
"Entre el 70 y el 75% de mis ventas corresponden a clientes que vienen de México. La propuesta de Trump es una locura, él mismo es un loco. Si ahorita que la gente puede seguir pasando, las ventas han bajado demasiado por la suba del dólar, imagínese si la gente dejara de venir por un periodo prolongado", explicó.
"Siempre voto, y en esta ocasión no puedo dejar de hacerlo. Con Trump, la droga y los criminales seguirán entrando, y los únicos perjudicados seremos los que queremos trabajar", dijo, antes de sacar de debajo del mostrador un cartel que rezaba "I Vote Hillary" (Yo Voto a Hillary).