Primero y antes que nada, pensemos en el Piropo, ese piropo que en el tiempo de nuestras abuelas funcionaba como un halago, una forma de poner en palabras el agrado por la persona que teníamos al lado, una forma galante de decirle a alguien lo que nos gustaba o sentíamos por ella; con el tiempo evidentemente ese piropo tomó otro sentido, en nuestros tiempos ese piropo se convirtió en lo que nosotras llamamos acoso callejero. Antes que nada deberíamos preguntarnos una cosa: ¿el piropo es solo un recurso que pueden usar los hombres? ¿O también las mujeres podemos hacer uso de él? Estamos seguras de que si nos ponemos a pensar la respuesta es inmediata, ¿cuántas de nosotras usamos el piropo alguna vez para decirle a alguien lo mucho que nos agradaba? Es más, ¿cuántos piropos dijimos a lo largo de nuestra vida? Seguramente serán muy pocos y en algún caso ninguno.
Pero la idea no es generalizar sino pensar… y ante estas preguntas lo primero que se nos viene a la cabeza es darnos cuenta de que evidentemente el piropo es un recurso propio del hombre, ahora bien ¿por qué ocurre esto? ¿Será esta condición la que hizo convertir al piropo en acoso? No podemos dejar de plantearnos como segundo eje el cuerpo de la mujer, un cuerpo que pareciera siempre ser territorio de otro, un lugar donde se disputan situaciones de poder… el cuerpo de la mujer siempre es lugar de debate, de cuestionamientos, de estereotipos, de luchas. Una vez más el cuerpo de la mujer deja de ser su propio mundo para ser propiedad colectiva y convertirse en objeto. Objetivar a la mujer implica quitarle su derecho humano pero por sobre todo negarle la posibilidad de autonomía. Lo ocurrido días pasados no es menor, demuestra que como sociedad debemos repensar varias cuestiones, porque estos hechos no son nada menos que VIOLENCIA. En este caso debemos pensar en la VIOLENCIA SIMBOLICA, aquella violencia que según nuestra ley 26.485 es descripta como un tipo de violencia en la que “a través de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos transmita y reproduzca dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de la mujer en la sociedad”.
También podríamos recordar un tipo de violencia más, LA VIOLENCIA MEDIATICA, ya que muchas veces ésta violencia simbólica es reproducida en medios, naturalizada y sostenida como verdad. No nos sorprende que los hombres aún hoy sigan pensando que los piropos “nos encantan”, no nos sorprende que un hombre opine sobre nuestra vida sexual, sobre cómo deberíamos comportarnos y sobre lo que él supone que es una generalidad; no nos sorprende que nos construyan como “histéricas”, ¿POR QUÉ NO NOS SORPRENDE? Porque éstos son los fundamentos del PATRIARCADO, un sistema que sigue pensando a la mujer como una subordinada del hombre, el mismo que le sigue dando derechos a éste tipo de hombres para hablar y referirse a las mujeres de éste modo. El mismo que reproducimos las mismas mujeres mediante crianzas machistas, porque aún somos esclavas de nuestra propia opresión.
Sería bueno informar, que a las mujeres no nos gustan los PIROPOS en la calle, cada vez que alguien nos acosa con la palabra, las mujeres nos sentimos invadidas; la reacción es automática quedarnos calladas, seguir caminando y ponernos tensas… ¿Por qué?, porque TENEMOS MIEDO. Las mujeres estamos desprotegidas en la calle y en la casa, sufrimos múltiples violencias que se reproducen y naturalizan circulando por nuestra sociedad sin que nadie diga nada. ¿Y entonces que nos queda? No te olvides de que a esa MUJER a la que vos decís cosas en la calle, esa MUJER a la que vos le decís “cómo es” según lo que a vos se te ocurre… esa MUJER podría ser tu hermana, tu hija, tu prima, tu mama. De hecho todas somos lo mismo MUJERES QUE SOPORTAN EN EL SILENCIO EL ACOSO, LA EXPLOTACIÓN, LA MIRADA MASCULINA, EL PATRIARCADO. La historia de “Las mujeres” aún tiene una página en blanco y esa hoja sin escribir se llama LIBERTAD Y NO VIOLENCIA.