Todo empieza de nuevo, parece lo mismo, pero nada es igual. En general se cree que los inicios del ciclo lectivo son iguales una y otra vez, pero eso es solo una ilusión de permanencia que en educación no existe.
El niño, la niña, empieza jardín y deja de estar bajo la órbita educativa, exclusiva, de la familia. El niño de seis años inicia la primaria y deja atrás el aprendizaje a través del juego de los años de jardín de infantes. La niña con apenas doce años tuvo que elegir la escuela secundaria, en caso que la familia la haya consultado, y sin saber que significa, intuye que algo importante empieza para su futura vida adulta este 2 de marzo.
Todo parece igual, pero nada lo es. Cada año los adultos hablamos de la escuela como si fuera un cúmulo de compras de cosas, que con suerte algunxs pueden acceder y muchxs tienen que conformarse con el reciclado de años anteriores, o lo que los gremios más progresistas entregan como apoyo a la escolaridad. A veces les niñes y jóvenes son consultados ante las compras, sobre gustos, modas, preferencias. Pero todo lo demás que concierne al “sentido” de la escuela pocas veces se dialoga, se les da participación. Los y las adultas lo dan por sentado, casi naturalizado y tanto en el hogar como en la escuela, se comienza sin el acuerdo básico del ¿Para qué?
¿Por qué es importante ir a la escuela? ¿Cuál es el fin último de su significado? Me intriga saber las respuestas de los adultos. Esa respuesta casi obvia que parece que les menores absorben por osmosis, deja de ser obvia cuando se la preguntan a los adultos seriamente.
Invito a las y los colegas a abrir sus primeras clases con esa pregunta, no importa que tan chicos o grandes sean – ¿Por qué creen que están aquí? – pregunta que estaría buenísimo que, en esta última noche antes del inicio del ciclo escolar, los adultos que intervienen en la vida educativa de los y las niñas y jóvenes se hagan. ¿Para qué lo mandamos a la escuela? ¿Qué espero de esa niña o niño o adolescente en este año escolar?
En general podríamos clasificar esos primeros encuentros entre docentes y estudiantes según ciertos arquetipos: “El tradicional” – presenta su espacio, dice qué se aprenderá allí (como si eso ya fuera un hecho), expresa qué permite, qué no y fundamentalmente hace hincapié en qué forma lleva adelante la evaluación. Otro arquetipo es “el amigable”– trata de distender a les estudiantes, inicia con juegos y chistes “inocentes” (a veces sobre las características personales del algún integrante del grupo, lo que da el puntapié inicial al llamado bullying) aunque si bien hay buena onda, poco se entiende del porque se está ahí y el para qué. Un tercer arquetipo es “el reformador” lo primero que hace al ingresar al aula es cambiar la disposición de los bancos, entabla un dialogo crítico con los estudiantes, incentivando al conocimiento mutuo y observa atentamente los comportamientos. También esta “el innovador” este desde el vamos les plantea grandes desafíos, posibles viajes, asistencia a competencias y les refleja (sin decirlo) que lo que espera del grupo es un cúmulo de nerd o yupis, listos para ser agentes de grandes multinacionales (aunque vayan a jardín). Finalmente “el gremialista”, que lo es por actitud y no necesariamente por militancia, abre su clase advirtiendo que adhiere a toda medida gremial y rápidamente pasa a desarrollar su mirada sobre la sociedad, siempre incomprensible y alejada de sus necesidades. Estos arquetipos tienen sus subdivisiones que dejo para otra oportunidad. Si observamos esta clasificación podemos leer entre líneas qué concepción tiene cada quien sobre el “sentido” de la escuela, pensemos qué pasa por la mente de los y las estudiantes, cuando reciben estos mensajes, que poco pueden desandar.
Paso la mañana o la tarde, llegan al hogar con ganas de contar, de encontrar a ese familiar que le aclare, que le explique, que una las piezas del rompecabezas y se encuentra con respuestas que en general rondan la idea de “ser alguien en la vida”. ¿Ser alguien en la vida? ¿No lo soy? Desconcierto
¿El rompecabezas puede armarse? Generalmente esperamos que él y la estudiante lo logre, lo arme. La pregunta es ¿corresponde que lo arme? ¿O somos los adultos que tenemos que armarlo para que el sentido de la escuela tenga “sentido”?
Lic. Véronica López
Tekoá Cooperativa de Trabajo para la Educación