En la política cotidiana local, existe una predisposición recurrente, atávica, la que hace que cuando se cuestionan acciones de gobierno o la falta de transparencia de los que tienen responsabilidades de gobierno, enseguida hay una reacción, con expresiones como: “los que cuestionan son los fracasados políticos de siempre, los que no soportan al exitoso, al éxito que es lograr los votos de la gente”.
La idea de éxito, la noción quizás más añorada y buscada desde tiempos remotos por el ser humano, convengamos que tiene una importante carga de subjetividad: lo que para algunos puede ser motivo para considerarse exitoso, es posible que a otros les signifique un fracaso. Está muy claro que se trata de algo de interpretación muy personal.
Esto no impide aproximarse a una valoración en torno a determinados parámetros habitualmente estimados como paradigmas del éxito en la política nuestra.
Frecuentemente los dirigentes suelen consentir como verdad no refutada, que el modelo de político exitoso es aquél del que resulta hábil para alcanzar lugares de poder y preservarlos. Por supuesto, en ésta lógica de razonamiento, no existe necesidad de detenerse a reparar en los dispositivos utilizados para alcanzar ese designio, no se acepta razonamientos de ninguna índole, ni hablar de los patrones éticos y morales que puedan atribuirse a las formas utilizadas. Lo único que es preciso valorar es si alcanzó la finalidad marcada que, en definitiva, es la consagración del hombre pragmático.
Sujetar el éxito en política a la conquista de espacios de poder y a la habilidad de su resguardo es la habitual apreciación de la mayoría de los dirigentes locales, pero es rechazada de plano la validez de tales argumentos por una gran mayoría de la población que elección tras elección desertan de votar.
Para ser exitoso en todo orden de la vida, no sólo se deben lograr las metas fijadas, sino estar plenamente satisfecho con el resultado. Si en el ejercicio del poder un administrador delegado de un patrimonio común, como lo es el gobernante, no fue capaz de llegar a las metas o estas no han servido para hacer avanzar a la gente sobre la cual ejerce su oficio hacia estadios superiores de desarrollo, se podrá estar hablando de victorias personales, electorales y de habilidad para mantenerse en el poder, pero no podemos suponerlos como un modelo de acierto y de éxito. Salvo que ese gobernante y quienes los acompañan estén regocijados con los resultados que los efectos de sus políticas expresan en la realidad.
Es imposible deslindar la noción de éxito de ese tipo de gobernante, ¿para quién ha sido el éxito?.
En definitiva, estas distorsiones del concepto “éxito” se basan en una concepción “yo céntrica”, muy común en los individuos impregnados por la lógica del menemismo, acostumbrados a encontrar sus culpas en los otros.
El error de considerar “éxito” a conseguir poder y mantenerlo, es que se acaba valorando en función de esas dos cosas todas sus energías, y ese es el error, porque entonces parece que trabajan para propagar esas realidades y se excluyen de la posibilidad de encontrar políticas correctas con criterios de excelencia.
La gente exitosa es visionaria, está dirigida por metas con interés del bien común. La gente exitosa practica la humildad, la integridad y honestidad, es la única manera en que la corrupción pueda ser derrotada.
¡El único fracaso existente, es no aprender de los errores!.