Era el 16 de Julio de 1950 en el estadio Maracaná de Río de Janeiro. No era en verdad la final del Mundial porque Brasil podía hacerse con el trofeo con el empate, pero los torcedores exigían goleada. El partido empezó bastante antes, cuando los brasileños vendieron la piel de oso antes de cazarlo. La derrota era imposible. Siguió en el túnel cuando Obdulio contradijo al técnico Juan López Fontana, que minutos antes rogó a sus jugadores para que se colgaran del travesaño y evitar así una goleada humillante. “Juancito es un buen hombre, pero ahora se equivoca, si nos defendemos nos comemos una goleada” dicen que dijo. Iba naciendo un mito. Ya en la cancha encontró las palabras justas para contener el alma aterrorizada de sus compañeros :”los de afuera son de palo” les dijo y apaciguó como un dios griego el tornado que llegaba de las tribunas, acalló su rugido.
Una leve inquietud nació de un primer tiempo sin los goles esperados. Pero se evaporó cuando Friaca incrustó el balón en las redes a los dos minutos del segundo. La alegría volvía a ser brasilera.
El genio frotó la lámpara de nuevo mostrando su extraordinario liderazgo. Obdulio corrió al árbitro inglés reclamándole un fuera de juego inexistente. Un diálogo absurdo entre uno que reprochaba en castellano a otro que solo entendía el inglés. Mucho después, Obdulio Varela, el “Negro Jefe” reconoció que su conducta tenía por finalidad enfriar un clima que presagiaba la catástrofe.
A los 21 minutos Ghiggia simuló darle al arco lo que finalmente fue un pase al medio para que Juan Alberto Schiaffino enmudeciera el estadio con el empate inesperado. Rápidamente se recuperó la marea humana, exigiendo insaciable sacudir la valla uruguaya. No solo no llegaron los goles, sino que a los 34, otra vez Alcides Eduardo Ghiggia amagó a tirar el centro. Moacir Barbosa dio el paso que no debía dar, el mal paso. Dejó libre el primer palo. Allí viajó potente el remate que silenció traumáticamente ya a los hinchas brasileños. Aseguró la gesta heroica. David volvía a vencer a Goliat. Uruguay 2 Brasil 1.
Épica inscripta para siempre en el cielo charrúa. Mito de la garra que se renueva siempre que un gigante debe ser derrotado, contra todo los pronósticos. Sueños y esperanzas de Justicia de todos los vencidos del universo. Épica y tragedia. La tristeza no tiene fin para el pueblo más bullicioso del mundo. No solo eso, la maldición de no ganar más en su tierra. Personificados literalmente en ese chivo expiatorio que cargó con la fatalidad. Boacir Barbosa, que muriendo en el año 2000 fue el arquero que murió dos veces. El de la anécdota de la madre que dijo a su niña, “no lo mires, porque ese hombre, ese hombre que viene allí, está muerto”. Murió Boacir y nació para la eternidad Obdulio, el negro Jefe, aquél que cuando juega Uruguay, cada vez que juega, pasea su espíritu por el campo, gritando tranquilo y firme como aquella vez: “vamo arriba la celeste que los de afuera son de palo”.
(*) Psicólogo. MP243