La Naranja Mecánica

El protagonista de “La naranja mecánica” es  Alex, un  adolescente sádico, que goza de producir sufrimiento en los otros. Con su grupo de amigos, “drugos” en la especial jerga creada por Burgges, cometen permanentes actos de crueldad: roban, golpean, matan, violan. Finalmente Alex es traicionado por sus “drugos” y atrapado por una policía que lo tortura bestialmente. Ya en prisión, solicita ser sometido al tratamiento “Ludovico” (un remedo del conductismo pavloviano): método científico, rápido y eficaz que promete adaptarlo a la sociedad en 15 días, quitándole la maldad.

¿Recuerdan al perro de Pavlov, verdad?: el científico hacía sonar una campanilla a la vez que mostraba la carne al canino que salivaba excitado. Después de varias repeticiones, el perro segregaba saliva al escuchar la campanilla. A eso lo llamó reflejo condicionado.

Alex recibía una espantosa droga que lo mareaba y descomponía, y era obligado, simultáneamente a ver  imágenes ultraviolentas. De la repetición del condicionamiento resultaba el rechazo nauseabundo de Alex a todos los estímulos que antes incitaran sus conductas perversas y agresivas. ¿Estaba curado?

Reintegrado a la sociedad se reencuentra con algunas de  sus antiguas víctimas que se ensañan en vengarse. Sus “drugos” se han convertido en policías y le dan proverbiales palizas. Sus padres, previendo que estaría años en prisión, alquilan su habitación y se encariñan con el inquilino, dejándolo literalmente “afuera”.

Frente a todas las agresiones Alex queda indefenso, ya que cuando quiere reaccionar siente las náuseas y el rechazo que lo paralizan. Todo su caso “botín” de la demagogia política por parte del “Ministro del Interior /inferior” que considera un triunfo del gobierno la utilización de los logros de la “ciencia” y sus opositores empeñados en demostrar su fracaso.

Alex queda entrampado en estas redes hasta que, desesperado, se arroja por una ventana. Aunque parecía su única salida, sobrevive. Luego está la historia del capítulo 21 que separa a Burgges de Kubrick. El autor de la novela tiene un final optimista. Alex elige el bien, ya por albedrio, por maduración. Kubrick extirpa este final feliz.

Esta maravillosa obra de arte dio lugar a mares de tinta de discusiones. Y paradojas. Para “socializar” a una persona hay que “deshumanizarla”, convertirla en máquina. Es una de las tantas. Interpretaciones psicosociológicas que ponen en cuestión el concepto de adaptación, pues supone un orden social  normal, moral, perfecto, “bueno”, al que habría que integrar al “desviado”, “anormal”, amoral y “malo”. Esta simple escisión deja de lado la violencia del sistema, que solo es “moral” en apariencia. La escuela lo “vomita”, su “cuidador” lo abusa, su familia no le brinda afecto ni contención, finalmente lo expulsa, la policía lo tortura, la cárcel lo veja y lo reduce a un número, la religión lo somete a su discurso. Finalmente la “ciencia” lo avasalla, lo doblega con saña en función de sus “elevados objetivos”. El orden al que debe adaptarse, sólo se diferencia de su inmoralidad,  en las apariencias.

 

ACTUALES DESADAPTADOS

“La naranja mecánica” abre un debate acerca del rol de la “ciencia” en el sistema. En esta obra no lo cuestiona. Es funcional a sus fines. Busca eficacia sin planteos éticos. Importa adaptar a Alex aun al costo de convertirlo en máquina, de despojarlo de su subjetividad. No se plantea las causas de su perversidad. Parte de considerarlas individuales. No cuestiona el “orden social”. No cuestiona el poder. No interroga el lugar que esa sociedad tiene en las conductas sádicas de Alex.

Refleja ciertas prácticas no ya solo en el terreno de la criminología, sino también en el de la salud mental. La definición de lo normal y lo anormal. Del orden social y sus desvíos. De la adaptación y la desadaptación a las normas sociales y del modo de tratarlo. Del lugar que la ciencia, repetimos, tiene en ese delicado proceso.

Las prácticas a las que nos referimos, tienen que ver con “teorías” basadas en el DSM, de gran incidencia en nuestro medio. El DSM es el manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales. Es una publicación realizada por la Asociación Americana de Psiquiatría que sirve de referencia/guía para gran parte de los profesionales sanitarios en el diagnóstico de trastornos mentales. Hasta 1971, por ejemplo, mantuvo a la homosexualidad en su lista de trastornos mentales. Quiero decir que no solo define los trastornos, sino lógicamente las pautas de  normalidad y los criterios de adaptación social. También ha elaborado los criterios para definir, por ejemplo, el déficit de la atención con o sin hiperactividad. En determinado momento, en todo el mundo, comenzaron a aparecer, como una epidemia, niños definidos por este “desorden”.  Se invitaba incluso a los docentes y padres a colaborar en su diagnóstico a través de la respuesta a cuestionarios. Todo niño que tenía “dificultades” en la atención con o sin hiperactividad, era “tachado” con este diagnóstico. El sistema impuso, para “tratar” este “desorden”, terapias conductuales y sobre todo administración de “psicofármacos” para el control de la actividad “desordenada”. Los niños debían adaptarse, funcionar.

Los impulsores de estas prácticas “científicas” no se preocuparon por interrogarse nada. La duda, como dijo una vez un represor, es “la jactancia de los intelectuales”. No se preguntaron por ejemplo a qué “orden” respondía este “desorden”. Ni por las características histórico-sociales y culturales que dieron lugar a este tipo de problemática. Mucho menos a interrogar sus causas. Parecieran haber respondido al imperativo ilustrado por la “naranja mecánica”,” la ciencia es eficacia adaptativa, no ética”.

Así, como lo ha planteado entre otros especialistas, Beatriz Janin, miles de niños de todo el mundo han sido sometidos a terapias adaptativas y medicados por “no atender” o” moverse demasiado”.

 De un modo uniforme y basado en supuestas causas biológicas en el origen del “desorden”, causas siempre individuales, han “diagnosticado” a niños como ADD O ADHD (Desorden de la atención con o sin hiperactividad). Borrando su subjetividad. Pequeños sujetos, que denunciaban a través de una conducta “inadaptada” profundos sufrimientos, eran diagnosticados por su conducta como trastornos. De inmediato se derivan terapias adaptativas y psicofármacos para el logro de su “ajuste” al “orden social”. No se interrogaba las causas subjetivas, es decir qué le ha pasado al niño, ni la incidencia  del contexto familiar y social en la producción de su sufrimiento. Simplemente se lo etiquetaba en un diagnóstico. Cuando, por el contrario, la conducta se interpreta como síntoma de situaciones penosas que el niño denuncia con su comportamiento, encontramos una pluralidad de causas: maltratos o abusos sexuales, abandonos emocionales por parte de las familias, procesos de elaboración de duelos etc., etc… Y vemos allí que el “problema” excede largamente al niño e involucra a su familia, a la escuela, a la sociedad.

Lucy corre por el consultorio. Parece agitada. Tiene seis años. Fue diagnosticada como ADHD y medicada por un Psiquiatra. La escuela colaboró con el informe pedido por el especialista a través de cuestionarios. El sistema exige que Lucy se ajuste a las normas de comportamiento escolar. Que no corra “como loca”, que no se “escape”. Que se quede sentada y atienda lo que le enseña su señorita. Nada se pregunta acerca de la depresión de la madre, que no puede hacerse cargo emocionalmente de ella. Ni si su conducta es una forma de “despertarla”, de convocar su afecto. Menos aún cuestiona si los métodos pedagógicos desfasados, tienen algo que ver con lo que le sucede. Si exigir que escuche la palabra del docente durante una hora no entra en conflicto con una cultura del “zapping” de respuestas a estímulos rápidos y variables, de imágenes, propios de la era tecnológica, y si esta cuestión, meramente histórica y cultural tiene incidencia en su conducta etc.

Casi siempre nos encontramos con estos niños, con los más diversos problemas, que han sido diagnosticados como ADD por ciertas prácticas de las ciencias  de la adaptación.

Atribuir las causas del “desorden” al individuo y su  responsabilidad en su “reajuste”, es también más cómodo.  Más cómodo pero también injusto. Las familias, las instituciones y la sociedad, se desentienden. Solo el niño carga con el estigma y su “curación”. Solo él debe cambiar y adaptarse.

Por último, y como ejemplo de aquellas discusiones que aun suscita esta notable obra, “La Naranja Mecánica” consideremos otro “trastorno” definido por el DSM. El trastorno oposicionista desafiante. Este se caracteriza, según el DSM V por un patrón recurrente e inapropiado de conductas negativistas, desafiantes, desobedientes y comportamiento hostil hacia las figuras de autoridad. Cuál es el límite a partir del que las “figuras de autoridad” suponen obediencia, ni en qué momento la rebeldía es considerada “enfermedad” por el Manual, no es algo que parezca importante definir por estos “especialistas”. De ese modo, la ideología adaptativa pretende mostrarse como “ciencia pura”.

Hace unos años, un joven estudiante secundario que se negó a juntar bichitos en un frasco para su clase de biología, recibió este diagnóstico. Que su actitud respondiera a sus convicciones, era una sutileza de la que la ciencia adaptacionista, no está dispuesta a hacerse cargo.

 

(*) Piscólogo. MP243

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