“La gente dijo basta”, “Multitudinaria marcha contra la inseguridad”, “Vecinos se movilizaron por más seguridad”, más o menos así se titulan y presentan cada uno de los reclamos por mayor seguridad en las distintas ciudades del país.
La “gente” dice basta a la “inseguridad”. Levanta la voz en queja e indignación. No es para menos: Cualquiera puede perder la vida en manos de cualquiera por poca cosa. Y cualquiera parece estar dispuesto a matar y jugarse la vida por casi nada.
Alguien dijo indignado: “Hoy te matan por un par de zapatillas”. Alguno quizás pensó: “Quién mata por un par de zapatillas está dispuesto a morir por ellas”.
(¿Qué sociedad es esta en el que algunas vidas pretenden valer más que otras?)
La gente vive aquejada o atemorizada por esa cosa imprecisa que es la “inseguridad”. Pero su queja también es imprecisa: ¿A qué cosas se le dice basta cuando se dice basta a la inseguridad? ¿A la inseguridad de quiénes se dice basta? ¿A la inseguridad propia, a la de todos? ¿En qué aspectos se dice basta? ¿A la inseguridad cotidiana de no tener trabajo, ni dinero, ni salud, educación o techo, a la inseguridad de los contingentes sin futuro que se mueren anónimos? ¿La gente le dice basta al gobierno garantista? ¿Le dice basta a la injusticia social? ¿Quién es “la gente”?
Decir basta a la “inseguridad” es tan impreciso.
Esa inseguridad está muchas veces exagerada por los medios para vender más, para instalar ciertas ideas sobre el control y las libertades. A veces, para chicanear al gobierno “progre” que debe demostrar que con derechos humanos y garantías constitucionales se puede garantizar la paz social.
La sumatoria de distintos hechos delictivos se presenta como una “ola de inseguridad” y los hechos que más trascienden son aquellos que tienen como víctimas a los sectores más pudientes de la sociedad, en un contexto en que la derecha política no logra definir una figura que reúna los distintos sectores que simpatizan con sus ideas y salga al cruce en la carrera del Presidente Kirchner hacia la reelección.
De acuerdo a lo divulgado a este medio por el Jefe de la policía departamental, comisario Faustino Pereyra, en Concordia no se registran más de dos o tres hechos delictivos diarios. Hasta el 24 de julio los hechos contra la propiedad suman 103 contra los 125 de Junio y los 135 de mayo. En lo que respecta a delitos contra la persona, Junio registró 5 lesiones leves, 15 amenazas y 4 lesiones graves. En lo que va del año, en Concordia se contabilizaron 7 homicidios – “todos resueltos”, aclaró Pereyra-. Es decir, un promedio de un asesinato por mes en una ciudad de 170000 habitantes con índices de pobreza, indigencia y marginalidad enormes. “Hasta ahora no hemos tenido la denuncia de ningún turista por ser victima de algún delito”, sostuvo Pereyra en la entrevista.
Por otra parte, son los sectores sociales bajos los que más padecen la inseguridad. Paradójicamente, los que menos sufren la inseguridad son los que más control y dureza piden:
Según el Comisario Pereyra las zonas más conflictivas de la ciudad siguen siendo las más pobres. Es allí dónde radica el mayor porcentaje de delitos tanto contra la propiedad como hacia las personas. “Sin embargo, no repercute tanto en la opinión cuando le roban la garrafa a una anciana en un barrio periférico, como cuando roban en algún domicilio del centro”, reconoce Pereyra.
El delito no discrimina, pero la policía, la Justicia y las autoridades de gobierno al momento de dar y distribuir la seguridad pública ¿lo hacen?. Pereyra sostiene que hay comisarías que tienen jurisdicciones muy grandes y muchas veces no dan abasto.
A partir de los datos brindados por el Jefe Departamental de Policía y los recientes datos divulgados por el Ministerio del Interior, los índices de criminalidad, tanto a nivel local como nacional, bajan; si bien a las victimas de la “inseguridad” poco le importan las cifras y a nadie en esta ciudad le sería de agrado estar entre los dos o tres casos diarios.
Pero esta sensación de inseguridad tiene algo más. Define ideas de la vida y la muerte. Nos construye, nos dice cómo vivir la vida. Así se evidencia, por ejemplo, en el sitio Argentina.gov. con los consejos que brinda a los ciudadanos para que eviten ser victimas de delitos:
Estar alerta (no perseguido, sí atento). Evitar brindar información a desconocidos (encuestas telefónicas o personales). No ser ostentoso (vestimenta, automóviles, joyas, etc.). No abra la puerta a desconocidos, en caso de hacerlo, previamente tome precauciones. No brinde acceso a su vivienda a cualquier operario de empresas de servicios sin antes verificar el motivo de su visita y su correspondiente identificación. Ante la presencia de humo, agua, etc., por debajo de su puerta de acceso, no la abra inmediatamente, verifique la situación con el encargado de su edificio o comuníquese con el Comando Radioeléctrico. Al ingresar vehículos al garaje de la vivienda, realice una observación previa de las inmediaciones. Con respecto a los hijos, instrúyalos para que no brinden información relativa a su vivienda, familia y actividades. Esté al tanto de sus actividades y conozca el entorno que los rodea. Comuníquese telefónicamente con frecuencia para saber dónde están. Aconséjeles que sus movimientos sean en grupos de amigos o estén acompañados por mayores. Conduzca del modo más cercano posible al centro de la calzada, a fin de evitar que lo obliguen a orillar. Utilice los espejos retrovisores mientras esté detenido para advertir cualquier movimiento anormal. En la vía pública, procure desplazarse en sentido contrario a la circulación vehicular. Camine alejado de la calzada. Prepare las llaves antes de llegar a su domicilio, no pierda tiempo buscándolas en la puerta de su casa… La inseguridad genera un clima de paranoia que pide más control y represión, genera desconfianza y hace que la razón se rinda al temor y a las apariencias. (si es morocho, si es pobre, si se pasa todo el día tomando mate en la vereda…)
-“Si no quiere morir, viva muerto de miedo”- podría ser un graffiti de estos tiempos
Es razonable pegar el grito en defensa propia ante la insoportable idea de perder lo ganado con legítimo sudor o perder la vida por una bala perdida o por el nerviosismo y el apuro de un asaltante. Lo inadmisible es que parezca fortuito, que la inseguridad haya llegado como “La Peste” de Camus -sin explicación ni aviso- y que, al parecer, debería apagarse de igual forma. Como si la desigualdad social –el hecho de que haya menos ricos cada vez más ricos y más pobres cada vez más pobres- la desocupación, el clientelismo político, la falta de educación y la ignorancia, la voracidad, el egoísmo y la indiferencia de los sectores en mejor situación social, la falta de expectativas de una vida digna para la mayoría de los que nacen bajo la línea de pobreza y en un seno familiar y un contexto social erosionado no tuvieran nada que ver con el crecimiento de la criminalidad.
Según la Dirección de Política Criminal del Ministerio de Justicia de la Nación, la evolución de la tasa delictiva habría pasado en el período 1991-2004 de 1.484 a 3.430 casos diarios, teniendo como pico máximo los 3.697 casos registrados en 2002. El incremento de la tasa delictiva entre 1991 y 2004 corre de manera paralela con el período de mayor descenso social que registre la historia argentina, con tasas de desempleo récord, aumento sideral de los índices de pobreza e indigencia y la destrucción de sus sistemas de salud y educación.
El abstracto de la inseguridad nos posiciona y deja en evidencia la polarización cada vez más notoria entre dos posturas, anteponiendo la mano dura, el aumento de las penas, la punición de menores y, si no hay confusión en el frente (¡Por favor, inocentes, no!), gatillo fácil, justicia por mano propia y pena de muerte por sobre la búsqueda de soluciones vía redistribución del ingreso y justicia, la creación de trabajo, la educación y la comida.
En el clamor popular se dice basta a la “inseguridad”. En la singularidad, el reclamo suele estar dirigido a agredir los efectos en lugar de solucionar las causas. Es decir, una política ante el delito consumado que puede bajar los altísimos niveles de impunidad, pero nunca los niveles de delitos.
Queremos vivir en una democracia, pretendemos hacerlo. En un sistema democrático la seguridad es integral y para todos, no sólo para los ciudadanos prósperos y la gente decente.
Esta democracia y esta sociedad no son las mejores posibles, pero no por eso debe convertirse en el refugio o la excusa de la plutocracia.