Sólo por hábito, dice Alberdi, se puede hablar de “derecho de la guerra” cuando se lo hace de aquello que es un crimen, como si fuera un derecho el crimen, el incendio, el robo, la devastación.
Esta gran obra, nacida al influjo de la infame guerra, llamada de la “Triple Alianza”, que emprendieron las oligarquías Argentinas, Uruguayas y el Imperio Brasileño, al servicio de Inglaterra, contra el intento de un desarrollo independiente por parte del Paraguay, entre 1865 y 1870, es una extraordinaria y fundada denuncia de la guerra y un fervoroso alegato a favor de la paz. Allí cita la famosa frase de Esquilo: “la primera víctima de la guerra, es la verdad…”
Mucho de eso estamos experimentando en el contexto de la triste guerra que Rusia emprendió contra Ucrania. La mentira, la desinformación y la censura son llevadas a extremos inconcebibles por el aparato comunicacional de Estados Unidos y Europa (la OTAN).
Estos asesinos seriales, que vienen masacrando y exterminando pueblos y culturas con inusitada crueldad y sin escrúpulos, se sienten con la altura moral para demonizar a Putin y a Rusia por esta guerra, tan condenable como cualquiera. Distorsiones obscenas de la realidad, desinformaciones flagrantes, fundamentaciones groseras, se combinan con censura y estrategias patéticas de una fértil imaginación, sino fuera tan afiebrada.
Exclusión de Rusia del Mundial de Fútbol (recordemos que el mundial 82 se jugó en España mientras nuestros jóvenes morían en Malvinas), desaparición de la grilla de canales rusos, más otras sofisticadas técnicas de censura, y… hasta la suspensión en Italia de un curso sobre ¡¡¡Dostoievski!!! son algunas muestras de estrategias tan delirantes como irracionales para imponer su punto de vista, es decir, la mentira y el prejuicio, confundir la opinión pública e imponer una sola campana.
Pero en estos días, en un programa de Luis Majul, se llegó a un extremo, pareciera de la necedad, en la variedad de visiones sobre la guerra. Se pudo observar un recurso que no por trillado y grotesco deja de ser reiterado en diversos contextos: Según una panelista, las conductas beligerantes de Putin eran, en una parte fundamental, la traducción directa de su perfil psicológico.
Apelando a mi memoria recuerdo que dijo que su cuadro psicopatológico se caracterizaba por un ser autócrata, narcisista, solitario. Que el resentimiento que originaba su actitud beligerante, nacía sin duda del rechazo que en su infancia había sufrido por parte de sus padres. Con esa ensalada insólita pretendía explicar la guerra como el efecto enfermo de un líder trastornado. No se privó, claro, de trazar un paralelo con Cristina.
Muchos dirán que es una cuestión tan burda en la que ni siquiera habría que detenerse un instante en su análisis. Sin embargo, aún en su estolidez, debe tener algún eficacia, algún efecto en la construcción de opiniones y actitudes públicas, ya que es un recurso nacido y utilizado prácticamente desde los inicios de la psicopatología Argentina y que se extiende hasta nuestros días como “argumento” de varios comunicadores del poder para desacreditar políticamente, especialmente empleado, por ejemplo, de un modo asiduo, por el inefable Nelson Castro.
En efecto, el primer libro de psicopatología en el país, “Las Neurosis de los Hombres célebres”, escrito por José María Ramos Mejía, se funda en esa lógica. Aquella por la cual la historia, las sociedades, la política, las decisiones de los grandes líderes de la historia se reducen a sus taras, a sus enfermedades mentales. Así, de Juan Manuel de Rosas (el preferido de sus ataques francamente violentos y discriminatorios), deduce sus decisiones políticas más significativas de su ángulo facial agudo y su estrechez frontal, reveladores de la locura moral y la “ferocidad occipital” del tirano. La explicación de ciertos acontecimientos históricos, dice Ramos Mejía, debe buscarse, en muchas ocasiones dentro del cráneo de algún rey hipocondríaco, o por algún mandatario enardecido por las vibraciones enfermizas de su encéfalo. (Ramos Mejía:” Las Neurosis de los hombres célebres. Biblioteca emecé bicentenario).
Ramos Mejía explica los acontecimientos históricos y políticos, no por la complejidad de su contexto y de una lucha de intereses tan diversos como enmarañados, sino por las alteraciones mentales de los grandes hombres.
Es claro que, para Ramos Mejía, aquellos líderes históricos cuya actuación política es la expresión de su locura, coinciden casualmente con opositores ideológicos del autor. Ya más cerca en el tiempo, en la actualidad, ese rústico y deshonesto procedimiento ha sido aprovechada por un médico, comunicador, que inventa toscamente teorías al solo efecto de aplicarlas a aquellos líderes de quienes pretende denostar y descalificar sus ideas o acciones, rebajándolas al origen perturbado de su autor.
Cristina Fernández de Kirchner ha sido la víctima preferida de estos nefastos ataques. Me refiero a Nelson Castro, quien ha abusado de “diagnósticos” al boleo para desprestigiar muchas de sus conductas y posiciones políticas. Es significativo que son aquellas que más interesan el favor popular y contraría los intereses que el periodista representa, los que surgen, según su interpretación, de su “trastorno bipolar” o su “síndrome de hubris”. Mala fe e ignorancia se conjugan en esta actitud periodística, tendiente a descalificar determinadas posiciones o decisiones políticas con la argucia de la irracionalidad y la locura de quienes las expresan. Posición que además, tiene como efecto estigmatizar a las personas con padecimientos mentales, mostrándolos como afectados en su totalidad y de un modo permanente de la posibilidad de crear y expresar pensamientos y conductas lúcidas o coherentes (escisión de la razón y la locura derivado del racionalismo cartesiano).
Esta teoría que ahora encuentra en los traumas y trastornos de la personalidad de Putin, una parte importante de la explicación de su impulso guerrero, borrando de ese modo la enorme complejidad del contexto histórico, político, económico etc. de las decisiones políticas que afectan a la guerra, ha recibido una demoledora crítica en un libro, ya clásico de Jorge Thenon, llamado “Robespierre y la psicopatología del héroe”. Dice allí el autor: “los investigadores(…)se entregaron a la tarea de explicar la historia por el dinamismo de las dominantes psicológicas en el individuo…sustraído de ese modo, el poderoso personaje del momento histórico, como se extrae de la jaula el conejillo de experiencia, se lo estudiaba con ayuda de la técnica más en boga. (Por)” tal simple procedimiento de análisis… creyeron hallar en la estructura corporal y anímica de los hombres protagónicos, la explicación de los acontecimientos sociales y políticos que hoy se suceden velozmente…”.
Reducir la complejidad de la realidad histórica, social, política, económica que subyace a una guerra, es un expediente, tosco, pero no por eso menos efectivo para escamotear la verdad, de sacrificarla en función de los intereses en juego, sobre todo cuando la única verdad irrefutable, es que la guerra, ese atroz, devastador, despiadado y brutal triunfo de la pulsión de muerte y destrucción, sobre la vida y el amor, esa penosa afirmación del” hombre como lobo del hombre”, es el más horrendo y desquiciante crimen de la humanidad, hecho por los poderosos y sufrido por las pobres gentes que los padecen como un infierno.
(*) Psicólogo. MP243