“El matadero” de Esteban Echeverría es la primera obra de esta serie que construye al enemigo de clase histórico del liberalismo: lo popular. Los personajes que lo pueblan, Federales, trabajadores del Matadero, partidarios de Rosas, no se diferencian en la descripción del autor, de la brutalidad de los animales que matan. Bajo su pluma se muestran sucios, sanguinarios, primitivos, crueles, bestias irracionales, cuya violencia inusitada despliega su rusticidad y desenfreno en la matanza del ganado que envía el Restaurador para paliar la crisis.
El personaje opuesto es el unitario, racional, fino, elegante, inteligente, de “clase”, que es atacado y torturado por esta turba salvaje liderada por Matasiete. El Juez, desplegando imposturas y arbitrariedades, símbolo de la ausencia de la ley y el orden, lo interroga hasta la insoportable explosión y muerte de la víctima.
Como en “La cautiva”, la barbarie expresa la naturaleza de los indios que roban mujeres y bienes a los blancos. Claro que no se ahonda en la paradoja de culpabilizar a las víctimas de los pillajes, sus originarios habitantes, con métodos aún más cruentos.
“La resbalosa” de Ascasubi transita la misma lógica. La operación de trazar esa línea divisoria.
Esta frontera es delineada hasta el paroxismo por Sarmiento en su genial obra sobre “Facundo, civilización y barbarie”: Francia, los unitarios, la cultura, el progreso y la ciudad pertenecen a la razón civilizatoria, blanca y europea. Del otro lado de las “vallas”: Rosas, los caudillos federales, Facundo, el campo, el atraso, la incultura, el salvajismo, los indios, los gauchos, los negros, la barbarie…
Claro que esta división no tiene solo una dimensión teórica, sino que dibuja un enemigo exterminable y efectivamente aniquilado en el transcurso del siglo. Un enemigo maligno que desdibuja de tal modo sus rasgos humanos que justifica su aniquilación.
“Amalia” de José Mármol, aún en el período de Rosas, inaugura la escena de la novela Argentina. Nuevamente los personajes que forman parte de la Confederación son pintados como innatamente torpes, brutos, violentos, ordinarios, incultos, feroces, cerriles, perfilan su contraste contra la inteligencia, la elegancia, la exquisitez y la cultura, los ideales nobles y el amor puro de los unitarios. Las cabezas federales que estos últimos hicieron rodar en nombre del progreso civilizatorio, han sido convenientemente silenciados, no solo en la literatura sino también, en la producción histórica.
Los federales siempre son aquejados por la falsificación, nada hace, como los unitarios, desde la decencia, sino que sus motivaciones están manchadas por un interés ajeno, viciado, hipócrita, deshonesto.
La intención de Borges y Bioy Casares, cuando escriben “La fiesta del monstruo” como metáfora de “El Matadero”, consiste en sustituir, al mismo tiempo que equiparar, como dos figuras equivalentes, a Rosas por Perón. Tienen la pretensión de narrar una manifestación festiva del pueblo peronista, turba salvaje, horda primitiva, en favor de su líder: “El monstruo”. Como en el matadero esta masa irracional termina asesinando a un hombre blanco, culto, inocente. La animalidad, la ferocidad y el salvajismo acechan a estos seres precisamente monstruosos, al extremo del despojo de sus características humanas. “Casa Tomada”, el cuento del fantástico Julio Cortázar, es un magistral aporte a la creación de esta polaridad, civilización/ barbarie, fundada en el siglo XIX.
Hoy ya no existen estos escritores tan militantes como geniales. Estos creadores de grietas que polarizaban realidades e intereses en conflicto que hasta no hace mucho se denominaba “lucha de clases”.
Nos queda hoy el triste (des) consuelo de “periodistas de guerra” que elaboran representaciones y estereotipos estigmatizantes de los sectores populares.
Escuché atentamente la cobertura periodística que realizó Nelson Castro sobre la manifestación de apoyo a Cristina Fernández. El centro de su relato consistió en la exhibición exaltada y escandalosa, de los símbolos de la barbarie. La cámara recorría calles y veredas. Enfocaba, ávida, el desorden, las parrillas, los choripanes, la batucada, los restos de los fuegos artificiales y la mugre, la mugre, la mugre.
Metonimias infames de los salvajes de siempre, separados por una valla. Una valla como límite civilizatorio. Estaban en La Recoleta, además. Como un oasis en el desierto observó de repente el vidrio roto de un departamento. El Dr. Pidió radiografías y análisis de todo tipo, para confirmar la prueba de la barbarie.
La construcción del enemigo como una otredad radical, absoluta tiende a justificar y validar su destrucción.
Si lo bárbaro representa un despojo de lo humano, ese hecho, legitima su asolamiento y estrago. Lo sabía ya Kafka cuando intuyó que la conversión de un sujeto en insecto puede preceder a su maltrato cruel. Es su requisito.
(*) Psicólogo. MP243