Otra vez el hechizo. De nuevo los tentáculos del pulpo apresaron nuestras emociones. Después del infausto debut, afinamos cábalas y supersticiones con el noble fin de controlar lo incierto, de dominar el destino. El que no pudimos manejar, por un exceso de confianza, contra Arabia, pues sentimos sentenciado el triunfo desde que el bolillero nos entreveró en el mismo grupo. No tuvimos en cuenta la definición clásica de Dante Panzeri, cuando afirmaba que “el fútbol es la dinámica de lo impensado”. Agregaría, recurriendo a Freud, que, en ocasiones, puede resultar “la estática de lo impensable”. El maestro Vienés decía que el “pensamiento es ensayo de la acción”. Quería decir que no podemos concretar, desarrollar, hacer acto, aquella escena que no podamos, previamente concebir en nuestra cabeza. Elaborar como imagen, anticipadamente. Perder con Arabia era inimaginable, inconcebible. Porque ya habíamos vendido la piel de oso antes de cazarlo.
El agarrotamiento físico, la petrificación, fue la respuesta a lo inconcebible. Y la derrota angustiosa. Consultado sobre qué debíamos esperar, Messi expresó, en su rosarino básico, que no nos “iban a dejar tirados”. Es maravilloso que no haya perdido la tonada, que no se haya “agallegado”. Es que no eligió irse púber buscando una salvación individual, sino porque no le dieron aquí un lugar. Eligió jugar para Argentina, ante la oferta de hacerlo en España, no cediendo a la inmejorable oportunidad para “despegarse de este país” y” salvarse”, como lo proponen quienes lo desprecian. Y ayer “no nos dejaron tirados”. Envolvieron la alegría en envase de desahogo.
Eso sucedía en el plano futbolístico, pero en el transcurso de esas circunstancias, sufrimos la enorme pérdida de Hebe de Bonafini, La Gran Madre de Plaza de Mayo, aquella que honró con su vida a nuestro país, con su incansable y valiente lucha contra la Dictadura y el Genocidio, que se jugó por la recuperación de los derechos humanos. En ese contexto, la comentarista de la TV Pública aclaraba que a la imagen de la pantalla le faltaba el crespón negro por prohibición de la FIFA.
Ese antro de corrupción se siente autorizado para censurar los duelos y el ejercicio de la memoria. “La lucha del hombre contra el Poder, es la lucha de la memoria contra el olvido” decía Milán Kundera.
La FIFA como representante del capitalismo que todo lo compra y que todo lo vende, incluyendo dignidad, sentimientos y valores, impugnó la manifestación de luto y memoria de un pueblo. También desaprobó y vetó el uso del brazalete con la inscripción “One Love” que propusieron los capitanes de las selecciones de Inglaterra, Bélgica, Dinamarca, Francia, Suiza, Gales y Países Bajos, para criticar la represión que sufre la comunidad LGTBQI+ en Quatar. Amenazó y chantajeó el putrefacto organismo a los jugadores con duras sanciones económicas y deportivas si desobedecían sus órdenes.
Es una pena que los futbolistas cedieran, que no confiaran en sus fuerzas. El Poder se cimenta en el disciplinamiento, la fragmentación y en consecuencia el debilitamiento de aquellos a los que somete. En la destrucción y persecución de su rebeldía y, sobre todo, de la unidad y organización de su lucha, en la que reside su indestructible fortaleza. Esos nobles deportistas aportaron, de todos modos, a des-ocultar la opresión. A dejarla al desnudo como lo hicieron, sobre todo los holandeses, en el Mundial 78, visibilizando y acompañando a las Madres de Plaza de Mayo. Como lo hacen en sus respectivos países, cuando denuncian, en esa gran vidriera de la política y de la sociedad que es el fútbol, el racismo, la xenofobia, la desigualdad y la explotación que, obvio, atañe a todos los países del mundo. Como lo hizo Maradona con su coraje e indocilidad.
Como lo hacen con conciencia desde que el deporte cayó en las redes del mercado y ellos perdieron su libertad, transformados en mercancías, reducidos a la cosificación de lo que se compra y se vende y a la explotación de su fuerza de trabajo.
Como lo hizo tempranamente desde el arte, anticipadamente desde el teatro, desde la farsátira el dramaturgo Agustín Cuzzani, cuando imaginó a su personaje protagónico, Arístides Garibaldi, el extraordinario centrofoward de un equipo de barrio, el Nahuel Athletic club. Las deudas financieras del club, obligaron al ídolo a sacrificarse en un remate, a ser vendido al mejor postor, abandonando su deseo de jugar. Increíblemente no fue adquirido por un club de fútbol para reforzar su plantel, sino por un coleccionista…de personas. Así, el gran delantero es condenado a la exhibición, a ser un objeto de colección, renunciar al juego, al fútbol. Comparte la vitrina de colección con admirados artistas, bailarinas, filósofos, pintores, etc. es un lujo que se da Lupus (lobo en latín), el multimillonario que pagó el precio del famoso crack.
El hombre es lobo del hombre y como resultado Garibaldi ve pasar sus días, melancólico en la función indigna de sorprender la fascinación de las visitas de lupus, convertido ya, para siempre, en suntuoso objeto de muestra. La farsátira del triste goleador de la obra de cuzzani, su destino final, plantea el gran dilema en juego, ¿qué sacrificio supone matar ese lobo que habita en todo hombre?, ¿cuál es el precio de la libertad, de la lucha por la dignidad y los nobles valores humanos?
Diego, Hebe, las Madres y las Abuelas, son un valiente testimonio del coraje y el compromiso que adquiere una vida cuando se decide por esos elevados ideales.
(*) Psicólogo. MP243