Un gorilismo posmoderno que no clama porque los aviones Mentor bombardeen otra vez la Casa Rosada, y cuyos referentes más conspicuos no se animan a utilizar en público conceptos tales como «cabecitas negras». Sino que se adaptan a las formas suaves e indefinidas de lo políticamente correcto que hoy imperan, pero que conservan la carga intacta de racismo, intolerancia y actitud reaccionaria del que hizo gala el gorilismo puro y duro tal cual lo padecimos. E incluso puede resultar hasta peor que la brutalidad exhibida por sus antecesores, ya que este nuevo gorilismo se extiende profusa y subrepticiamente sobre el sentido común de la gente. Sin anclajes políticos, ni ideológicos. En las formas de apreciaciones ligeras, de comentarios al paso o de aseveraciones evidentes en lo que es su forma más perniciosa y maligna.
El nuevo gorila no necesita ser antiperonista, ya que hay algunos que se autodenominan peronistas que pueden coincidir con las afirmaciones del ex-presidente Menem cuando dijo:» Kirchner no es peronista, es populista de la peor calaña», Para mi es el Anticristo» (¿No habrá querido auto referenciarse?).
El gorilismo pop exhibe una creciente sensación de que la Democracia es para pocos, “para los que son como uno, ¿viste?”. Para “gente racional, pensante y libre”, y no para aquellos a quienes “llevan a votar” como una manada a cambio de prebendas y dádivas.
Uno de los mentores del «gorilismo» argentino ha sido, sin ninguna duda, Mariano Grondona, que piensa que en la Argentina no hay Democracia, porque el gobierno triunfa en las elecciones gracias al voto de los que son «obligados» a poner la boleta en las urnas. Así, «el pobre» es en el imaginario de la clase media alta, que le ha perdido el temor a la crisis y pretende vivir como lo hacen en el «primer mundo», un signo de haraganería y delincuencia. No hay espacio para que el ciudadano que pertenece a las clases populares evalúe positivamente a un gobierno que en su momento bajó el índice de desocupación a un dígito, y que presidió un crecimiento inédito de 10% en un triste destino de extinción.
Los gorilas humanos argentinos cada tanto, ante la aparición de un gobierno populista no adaptable al caprichoso diseño que consideran potable en el imaginario, reaparecen. Y lo curioso es que ese «gorilismo» ya no es aquel antidiluviano previsible y vetusto que causa gracia, este es nuevo. Inopinadamente brota en ciudadanos que hasta se creen de izquierdas, que de tanto oponerse acaban de ponerse a la derecha de la derecha.
También el «neo-gorilismo»se ha ido expandiendo bastante en los medios y en el periodismo notable.Y, para no ser injustos, gotea hasta en sagaces y oblicuos militantes sociales que proponen una sociedad más justa. Y ni que hablar de ese «peronismo» renovador al que se le ha perdido la pátina revolucionaria, acercándose más hacia el anti peronismo.
¿Por qué esta reacción zoológica ante un gobierno que no justifica ser considerado el enemigo dictatorial y represivo, siempre ajustado a Derecho o antirrepublicano que ellos repudian con más furia que si tuvieran un gobierno de facto?
En el centro del «zoologico» -Perdón, de la Capital Federal- viven gorilas nostálgicos que todavía llaman Cangallo para no tener que decir la nueva denominación: General Perón. Pero hay una contradicción: En 1947, el diputado Radical Jorge Sanmartino distinguió a los «peronistas descamisados» como «aluvión zoológico», paradójicamente se estaba contradiciendo, porque años más tarde los antiperonistas se llamaron a sí mismos «gorilas».
Saben quien fue el inspirador de esta saga: Aldo Camarota, el humorista, emigrado a Miami, fue el inspirador del bautismo. El guión fue una parodia de la película «Mogambo», que transcurría en África. En la parodia había un científico que cada tanto, cuando escuchaba un ruido de ramas, gritaba: «Deben ser los gorilas, deben ser». Por eso en 1955, cuando ya había rumores de golpe de Estado contra Perón, los antiperonistas anticipándose al golpe final cantaban burlonamente «deben ser los gorilas, deben ser». Después de la revolución «fusiladora», se apropiaron definitivamente del apelativo, y así pasaron a la historia. En tanto los auténticos gorilas de Guinea, de Nigeria o Gabón, ignoran felizmente qué significado han adquirido en esta Argentina remota. Y aún cuando ellos están en un triste destino en extinción, los «gorilas» humanos argentinos se reproducen en todas las capas sociales: hay votos gorilas soja, voto gorila crucifijo, voto gorila nostálgico, voto gorila republicano, voto gorila periodístico, voto gorila ingrato, etc.
El voto gorila debería ser vergonzante. Sin embargo es arrogante. Es clasista. Sin embargo conviene saber el origen verdadero del apelativo de gorila: hace 2.500 años el navegante Cartaginés Hannón, fue el que le puso ese nombre a una tribu africana cuyos miembros tenían el cuerpo lleno de vellos.
¿Cómo sabía Hannón, en aquel tiempo, que gorilas humanos como aquellos, aunque no necesariamente peludos, iban a reaparecer en la Argentina en los tiempos digitales?
Además del simbolismo que representan Mariano Grondona, Lopez Murphy y Mirta Legrand, son los ejemplos vivos de una especie que insiste en no desaparecer.