ALBITA DOCENTE
Albita tenía alma de docente total, creo que jubilarse fue un padecimiento para ella. Por ejemplo, estábamos comiendo en lo de Germanier, y me decía “¿Ves aquél peladito? Fue alumno mío, y era muy capaz, pero un poco vago”. Hacía 30 años que el tipo había sido alumno de ella, y para ella era ayer. Y la nota segura de cada noche en el viejo almacén : en algún momento, alguien se levantaba de su mesa, iba a la nuestra, y “Querida Alba, qué placer verla. ¿Se acuerda de mí?” Y ella: “Claro, vos sos Fulano, y te di literatura en San José en 1960”.
ALBITA GREMIALISTA
Fue la primera Secretaria General de AGMER, cuando estaba constituyéndose aún. Luego, creo que la sucedió otra Comisión que encabezaban Cacho Matzkin y Graciela Benavidez.
Mientras pudo, se mantuvo informadísima de lo que pasaba en su Sindicato, opinando y concurriendo a reuniones. Fue principal gestora de la creación de la hermosa Casa del Maestro, en Colón.
ALBITA ARTESANA
No era una gran artesana, pero la creación de la Feria de la Artesanía en Colón tuvo su activísima participación. Cuando se hacía en el centro de la ciudad y era realmente una Feria de Artesanía, invariablemente me invitaba, pese a que (también invariablemente) no podía creer que mi apreciación de las creaciones artesanales sea casi menos que nula. (…) Ella sí que se enojó cuando la Feria pasó a ser un espectáculo musical, con fondo de artesanías. “Para esto no fue que trabajamos tanto”, repetía. Y era brava Albita enojada, ojo con ella entonces.
ALBITA HUMANA
Conocí pocas personas tan generosas, extremadamente generosa, como Alba. Porque hay gente que cuando puede, da lo que le sobra. Pero ella daba lo que la otra necesitaba, no lo que a ella le sobraba.
Y disfrutaba de la vida plenamente. Disfrutaba de comer bien, de tomar bien, de leer sobre todo poesía e historia. Disfrutaba de las charlas con sus amigas, con su familia, de las reuniones políticas, gremiales. Vivió una buena vida, y la mereció. De poca gente se puede decir que supo honrar la vida, como de ella.
ALBITA HUMILDE
Hace relativamente poco (poco más de un año, creo) recibió un premio nacional como adulta ejemplar. Fue sola a recibirlo a Buenos Aires, un premio que recibiera ese año por ejemplo Mercedes Sosa, y ella no dijo nada a nadie. Nos enteramos por los diarios… de Buenos Aires. Más humilde, no existe.
ALBITA HUMANISTA
Apasionada luchadora por los derechos humanos, incansable en la tarea de difundir la verdad de los años de plomo, creo que su mayor alegría de estos años fue cuando Kirchner ordenó descolgar los cuadros de los dictadores de la sede del Ejército. “No podía creerlo. Un Presidente civil ordenando a un militar que descolgara los cuadros de esos asesinos. Nunca creí que llegaría el día de ver y vivir semejante alegría”, se exaltaba, y me repetía los gestos, los modos, del Presidente al dar la orden. Se sentía reivindicada personalmente.
ALBITA POLÍTICA
Desde que se fundó el Partido Intransigente, ella fue dirigente y antes lo fue de la UCRI (Intransigente). Candidata a senadora suplente, hace un mes. Su pasión política era inextinguible.
Recuerdo especialmente un discurso de ella como candidata a Vicegobernadora, en Urdinarrain, donde realizó una estremecedora autocrítica de su pasado antiperonista, llamando a unir a las mejores tradiciones de Alem, de Yrigoyen, de Lebensohn, de Oscar Alende, con las enseñanzas de Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Sampay, y muchos pensadores peronistas. “A muchos de ellos la dirigencia del propio peronismo los despreció”, enfatizaba Alba, “pero merecen ser reivindicados por nosotros, que fuimos exagerados en nuestro antiperonismo”. Fue en 1983, y aún me parece oírla, en medio de los jinetes que siempre daban marco a los actos Intransigentes en Urdinarrain.
Su constante reivindicación de Raúl Uranga y Oscar Alende, como gobernantes sabios, prudentes, populares y eficaces, nos daba ejemplo a los entonces jóvenes Intransigentes: se podía gobernar bien, honestamente y con eficacia.
ALBITA FINAL
Me queda la imagen que no quisiera, de hace poco más de un mes, de la Albita impedida de leer y de caminar (¡ella, que amaba la lectura y amaba visitar a sus amistades!). Pero también me queda la convicción de que el final le llegó a tiempo, impidiendo que sufriera demasiado.
Y me queda el consuelo de cuánto la quise, cuánto se lo demostré, y cuánto de ella seguirá viviendo en mí.