“Para cumplir con su responsabilidad por el bien común de la mejor manera posible,
los políticos deben votar apuntando a obtener ‘la conformidad total de la ley civil
con la ley moral’. Cuáles son las demandas de la ley moral en la agenda de la sociedad civil o sociedad política en este momento y desde hace ya veinte años por lo menos? Formar la conciencia ciudadana de los hombres y así contribuir a realizar, en diálogo con todos, una sociedad justa y fraterna.
Existe un auténtico espacio político para abordar la cuestión de la reforma. Si
consideramos lo anterior, la respuesta es no, absolutamente no. Basta tener presente que desde el poder están siendo capaces de suministrar medicamentos a los hospitales públicos sin control de ninguna naturaleza, para advertir de lo que son capaces en el ejercicio -claramente abusivo- del poder.
Hay base ética para tratar la cuestión de la reforma?. Ni pensarlo. Alcanza con
tener presente el ejercicio hegemónico del poder al que están acostumbrados los
miembros del actual gobierno: la muestra del botón la tenemos en Concordia con
administración Bustista continua y constante durante los últimos veintiún años.
Hay necesidad social de reformar la Constitución?. Estoy seguro que además del NO;
la gente, el ciudadano, el pueblo se pregunta para qué puede llegar a servir.
La 88ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina San Miguel, el 11 de
noviembre de 2004, con absoluta certeza y claridad ha dicho, entre otras importantes
cosas, que ‘.la Argentina atraviesa una crisis que tiene graves efectos económicos y
políticos, pero sus raíces más profundas son morales y culturales, y su extirpación
supone un largo proceso de conversión de la conciencia de la ciudadanía.’
‘El Barómetro de la Deuda Social Argentina, elaborado por la Pontificia Universidad
Católica Argentina, que nos fue presentado, corrobora los datos que percibimos en
las visitas pastorales a los barrios de las ciudades y a la extensa campaña. Y nos
ayuda a captar de manera cruda el deterioro sufrido por grandes sectores del pueblo
a lo largo de décadas. No sólo está afectada la capacidad de subsistencia de muchos
argentinos (vivienda, alimento, salud, seguridad), sino que están heridos niveles
profundos de su personalidad. Por ejemplo: dificultades para comprender y razonar,
sometimiento a las situaciones adversas del entorno, incapacidad para enfrentar los
problemas de modo resolutivo y para proyectar la propia vida, no tener acceso
equitativo a recursos educativos adecuados, etc. La Deuda Social se compone de
privaciones que ponen en grave riesgo el sostenimiento de la vida, la dignidad de
las personas y las oportunidades de florecimiento humano. Su mayor inmoralidad
reside en el hecho de que ello ocurre en una Nación que tiene condiciones objetivas
para evitar o corregir tales daños, pero que lamentablemente pareciera optar por
agravar aún más las desigualdades.’
Si miramos la Provincia veremos que esa dramática y precisa descripción de la
realidad es también la nuestra.
Por tanto la agenda de cualquier político que se precie de tal debe estar
direccionada única y exclusivamente en atacar las causas que generan las
desigualdades; la discusión de la reforma constitucional en este contexto solo le
sirve a la ‘clase política tradicional’: a nadie se le puede escapar la
‘problemática’ que representa para un político mediocre – a los que lamentablemente
el pueblo está malamente acostumbrado – la ‘reelección’, que es lo mismo que decir
la perpetuación en los cargos públicos en perjuicio para el pueblo.
Estos gestores de la ‘inamovilidad de cargos’ deberían tener presente que ‘.los
hombres políticos.están llamados a jugar un papel decisivo en el resurgimiento de la
Argentina. Pero ello será posible sólo mediante el abandono de viejas prácticas y la
conversión sincera y desinteresada al bien común.’
Debemos por tanto comenzar por la reforma política, que no significa solamente el
modo de elección, etc.; la reforma debe comprender el voluntario abandono de los
cargos públicos que ocupan hoy, en nuestro Provincia, los funcionarios políticos
que, en los años de gestión que vienen acumulando, han demostrado claramente no
estar a la altura de las circunstancias y si tener capacidad para la ‘rosca’, la
entrega de los intereses del pueblo y el absoluto desprejuicio por los valores
éticos y morales que un cargo de tal jerarquía requieren; y, además, de parte de los
políticos ‘clásicos’ que -además de enarbolar los apuntados desvíos– ocupan cargos
electivos, un inequívoco gesto de renunciamiento a la ‘carrera’ a la que se creen
estar llamados o divinamente convocados que exceda las declamaciones o los
compromisos públicos, por el sencillo motivo de haber tomado conciencia que en
verdad no sirven ni han servido a la real causa del pueblo”.