DOLORES DE FAMILIA

El golpe de Estado de Argentina del 6 de septiembre de 1930 cuando se derrocó al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen.

 

Por Fosforito

Sé que tuve un bisabuelo que fue comisionado de Concordia, una figura alterna a la de intendente – de la que disculpen, estimados lectores, no indagué sobre el particular-. Fue uno de los tantos militantes yrigoyenistas -durante esos años en que Concordia tenía tranvías eléctricos- y que luego del derrocamiento del “viejo peludo” se fueron agraciando con el Peronismo; adhiriendo primero a FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), de la que fueron parte Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortíz, entre otros (Algo así como los radicales alfonsinistas que se sumaron al movimiento Nacional y Popular, revitalizado a comienzos de este milenio y que, como una forma de reduccionismo con aires despectivos, llaman “el kirshnerismo”).

Entre 1931 y 1933 anduvo metido con los civiles radicales que acompañaron a quien fuera el edecán militar de Hipólito Yirigoyen, Gregorio Pomar, de varias intentonas revolucionarias que fracasaron contra el gobierno de facto y del fraude.

Las cosas salieron muy mal y sé que estuvo escondido -y tal vez exiliado, quizás en el Uruguay o en Paraguay- durante varios años para evitar la cárcel o la muerte, abandonando a su mujer y sus pequeños hijos a la buena de Dios.

Sé también que, en sus tiempos, las disputas políticas se dirimían muchas veces a los tiros; incluso en períodos de democracia. Eran épocas en que había hombres que estaban dispuestos a morir por el honor y por sus ideas… y otros estaban dispuestos a matarlos, si es que era necesario hacerlo, para enterrar con ellos esas ideas.

Así que el bisabuelo -me contaron- andaba siempre con un revolver en la cintura y caminaba con un bastón estoque, una vara de madera que escondía en su interior un arma letal de puntas como cuernos filosos y un cuerpo acanalado que -me dijeron- cuando sale cierra la herida provocando una hemorragia interna al apuñalado.  Un instrumento que portaba como arma de defensa personal y que -me aseguraron- nunca llegó a usar.

También supe que mi abuelo, siendo ya un adolescente, se lo encontró un día en la plaza Urquiza: Su viejo –mi bisabuelo- había investigado el recorrido que hacía desde la casa hasta el trabajo y lo esperó, sentado en un banco, andrajoso como un linyera, barbudo, con sombrero, irreconocible, y que lo llamó por su seudónimo (su nombre era Juvenal -pero nadie lo llamaba así- en reconocimiento a un amigo de su padre, un paranaense, un radical, un hombre de la Justicia, un tal Juvenal Fernández de la Puente) sólo para que supiera que estaba vivo, aunque iba a seguir escondido durante un tiempo y viviendo de las gracias de algunos viejos correligionarios.

Hasta que llegaron Perón y Evita.

-Ojo Fosforito, mirá que en tu familia hay muchos locos por culpa de la política.

-Sí tía, ya sé que me tengo que cuidar. Gracias.

Puede ser que, del lado argentino de la represa de Salto Grande, todavía exista un monolito del año 1947 -donde tal vez esté inscripto el nombre de mi bisabuelo, ya reinsertado en la vida social y siendo comisionado de la ciudad- emplazado en muestra de la hermandad y la decisión tanto de los pueblos argentinos y uruguayos de impulsar el proyecto del complejo hidroeléctrico. Algo así como la piedra fundamental de Salto Grande.

-Y cómo decía Forrest Gump: “Eso es todo lo que tengo para decir al respecto.”

Muerto mi padre, la única sobreviviente de aquella familia, que más o menos me podía contar algo, hoy tiene más de 90 años. La hermana de mi abuelo, la hija mujer del bisabuelo. Pero ella no quiere hablar del tema. Cada vez que intento (intentamos) preguntarle algo, hace pucheros, rezonga y se niega. Y dice que todos los que se metieron en política de la familia terminaron mal… Y sí: mi bisabuelo en la pobreza, arrastrando a su familia a una vida de parias durante muchos años; y otro -del que tampoco se habla mucho- es un Desaparecido de la última dictadura.

A la vieja sobreviviente su dolor le impide hablar y prefiere no recordar.  Su mente nunca entendió y su corazón nunca cicatrizó aquel abandono de un padre que priorizó la política (“esa porquería”) antes que una vida familiar, en paz y armonía.

Nunca sanó ese resentimiento que le dejó el hambre que padecieron en ausencia del bisabuelo y, sobre todo, haber sido tratados como leprosos por familiares y vecinos, viviendo  recluidos en una humilde chacra.

Durante el ocultamiento del viejo ya no había visitas, los amigos no querían jugar y eran contados los que se animaban a brindar alguna ayuda; y la pobre madre quién sabe cómo hizo para criar a sus pequeños hijos.

Entonces, hay una parte de la historia que no la  voy a saber nunca. La pobre anciana sobreviviente prefiere irse con sus postales de infancia a la tumba.  

Lo único seguro es que la grieta de la que tanto hablamos existió siempre. Que hoy parece un chiste cuando se escucha decir y hablar de violencia política en comparación con los horrores de antaño. Cuando la intolerancia se dirimía a los tiros, con fusilamientos, bombardeos, censuras, destierros, secuestros, torturas, fosas comunes y vuelos de la muerte. Cuando la grieta se cavaba con la sangre de los que pensaban distinto, de los opositores políticos.

Esta democracia y esta libertad con la que vivimos son una gran fortuna.

Sin embargo, ahí están los fanáticos y odiadores, los militantes del tiro en la nuca, del que vuelvan las botas y andemos por las calles enfierrados. Los que salen a quemar muñecos con la cara de los dirigentes políticos o cuelgan bolsas mortuorias en edificios de la democracia. Los defensores del sálvese quién pueda y que se mueran los que se tengan que morir.

Un sector que no quiere discutir ideas. Que está poseído por su egoísmo, por su odio genético, o la bobería que insulta sin argumentos. Que le pone las fichas al enano fascista que todos llevamos adentro.

Lo peor de todo es que tienen mucha prensa y hacen mucho ruido.

Lo mejor de todo es que somos más los que nos damos cuenta que son una manga de locos sueltos.

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