En un terreno atravesado por el secretismo, el desdén hacia los derechos de la mujer, el cálculo mezquino, los devaneos retóricos por el estatuto del embrión y los temores a la sanción legal, religiosa o social, el obstetra del Hospital Italiano, docente de la UBA y presidente de la Asociación Argentina de Ginecología y Obstetricia Psicosomática se convirtió en un activo impulsor de la despenalización del aborto. Esa militancia, confiesa Sebastiani, no está exenta de costos políticos y ha sido “el fracaso más importante de mi vida”. Pero lo mueve una certeza: “Si el hospital atendiera esta problemática, habría muchos menos abortos y muertes maternas”.
En la línea de Sebastiani, un número pequeño pero creciente de colegas empiezan a romper el silencio sobre el último gran tabú de la medicina argentina. Trascienden las prescripciones de la Iglesia, eluden discusiones estériles y enfocan el aborto desde una perspectiva científica y sanitaria. Traen la realidad del consultorio, son sensibles al dolor de las pacientes y eligen comprender antes que juzgar. Ninguno está a favor del aborto, aclaran, pero reconocen que mantener esa intervención afuera de la ley y del sistema de salud pública es una catástrofe. Saben que algo hay que hacer.
El síndrome de Mondor resulta tristemente familiar para los ginecólogos y médicos de guardia en la Argentina: describe la falla orgánica múltiple y a menudo letal que se desencadena en el curso de 24 a 48 horas de una infección post-aborto. La médica Mariana Romero, investigadora del CONICET y del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES), nunca se olvida de la primera vez que trató a una paciente devastada por la complicación.
“Eran las 3 de la madrugada. Yo estaba haciendo el internado rotatorio en un Hospital de Rosario. Recibí a una chica de 17 años, muy pálida. Me dijo que tenía un embarazo de cinco meses. Y que una partera le había puesto una sonda, seis días antes. La derivé a los residentes de ginecología. Cuando a las 9 de la mañana fui a averiguar cómo estaba, ya estaba muerta. No lo podía creer”, recuerda.
*La nota completa, en la edición impresa de Newsweek.