Así, 25 años después, podemos festejar ese compromiso no escrito en el que decidíamos ser un país de ciudadanos mayores de edad, capaces de decidir solos nuestro destino, un destino ligado a la democracia, sin tutela de ningún tipo.
25 años después podemos decir que hubo quienes intentaron romper y hacer trizas ese compromiso nuestro de defender la democracia. No lo lograron y por tanto ganamos y es para festejar. El triunfo y el haber cumplido la palabra. No es poco en un mundo en el que la palabra está bastante devaluada y los triunfos suelen ser esquivos.
25 años después quizá hayan servido para aprender que este sistema es imperfecto, que no cura, ni educa ni da de comer por sí mismo, pero que, sin embargo, nos sigue brindando la posibilidad de esmerarnos y lograr que así sea. Sospecho que es así porque pasamos 25 años ininterrumpidos en democracia, lo que supone un acuerdo, una alianza de verdad, estratégica, de largo aliento y sin helicópteros en la manga… o en los techos.
Claro que, 25 años nos interrogan también acerca de porqué no logramos lo que estábamos seguros de alcanzar. Tenemos la opción de echarle la culpa al imperialismo, a la caída del muro, a la correlación de fuerzas desfavorable, a los aparatos, a la providencia, a la mala suerte o a lo que sea, pero también tenemos la posibilidad de pensar que nada de eso fue óbice para impedir que el sufrido pueblo boliviano lograra instalar en el poder a un Aymará, nada menos. 500 años tardaron.
Podemos insistir por la negativa, pero también considerar que los avances más sustanciales de la región, en materia de derechos humanos ligados a delitos de lesa humanidad, no se lograron en otro lugar, sino en la Argentina. Somos un ejemplo a seguir en la materia.
25 años después de valernos por nosotros mismos, nos obligan a ser más razonables y a pensar que si un negro llegó a presidente en el país del Ku Ku Klan, nada es tan imposible como a veces parece, mucho menos el hambre cero en el país de los alimentos, en rigor la principal cuenta pendiente.
Los argentinos y especialmente los periodistas tenemos fama de ser portadores de malas noticias y peores augurios, de modo que siento haber defraudado a quienes esperaban otra pálida en esta nota. Al contrario de ello pienso que, sí en el país rico e injusto de Brasil un trabajador metalúrgico es presidente por segunda vez, luego de procesos electorales irreprochables, sí un obispo de los pobres logró zafar de morir en “accidentes de tránsito” dudosos y llegó a la presidencia del Paraguay, y sí por primera vez un pobre presidente del sur se dispone a revisar la deuda externa “inmoral, ilegal e ilegitima” sin caer en el intento debe ser verdad eso de que la vida es una fantástica aventura que merece ser recorrida con intensidad. Citamos aquí ejemplos que ni siquiera pudieron ser imaginados por los febriles jóvenes del Mayo francés. Cómo no esperanzarse entonces, como no sentir que los crespones negros con olor a bosta son apenas un remedo patético de la pesadilla.
Daríamos otro pasito hacia la madurez ciudadana si acordáramos en que, los fogonazos, los espasmos, la ciclotimia, los saltos al vacío, no nos han dado resultado. Convencernos que, para lograr algo duradero, debimos afirmarnos en la capacidad de resistir pero también en el trabajo paciente, en el esfuerzo chino y en la convicción y la confianza en el prójimo, que es nuestro vecino.
25 años después y con este resultado, vale hacer una nueva alianza estratégica, esta vez, para proponernos, como mínimo, que dentro de 25 años no haya ni niños, ni viejos, ni nadie que padezca hambre.
Es poco, ya lo se y está lejos de una aspiración revolucionaria, también lo intuyo, pero pensemos que si lo logramos habremos plantado una semillita más en pos de una sociedad más humana.