La política en el centro de atención

El amplísimo estudio sobre los argentinos y la política fue realizado entre la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y la consultora Ibarómetro, fundada por Doris Capurro. El trabajo fue liderado por Luis Alberto Quevedo por Flacso e Ignacio Ramírez por Ibarómetro. En total se entrevistaron 1700 personas –se trata de una muestra amplia– de todos los rincones del país y se tuvieron en cuenta las proporciones por edad, sexo, nivel socioeconómico y lugares de residencia, es decir, ajustando la cantidad de encuestados a las proporciones de los que viven en Capital, Gran Buenos Aires, ciudades grandes y ciudades chicas del interior del país.

El punto fundamental tiene que ver con la participación o la indiferencia en lo que tiene que ver con lo público y, en concreto, con la política. Es España se creó un término muy puntual, el “pasotismo”, es decir, los que “pasaban de todo”, que en términos concretos significaba dejar pasar todo, no interesarse por nada en materia política. En Estados Unidos el 40 por ciento de los norteamericanos no votó en la elección presidencial que ganó Barack Obama y en una encuesta realizada por la Universidad de Suffolk y el diario USA Today en 2012, el 60 por ciento dijo que no le interesaba la política “porque son promesas vacías”. Casi la misma proporción, el 59 por ciento, no supo decirle al encuestador quién era el vicepresidente del país, cargo ejercido por Joe Biden. Como señalan Quevedo y Ramírez, la distancia con la política se vio en Chile, no sólo en la segunda vuelta presidencial, donde votó apenas el 40 por ciento de las personas habilitadas para hacerlo, sino ya en la primera vuelta, donde sólo concurrió a las urnas el 60 por ciento de los chilenos.

El cuadro que se observa en la Argentina, de acuerdo con el estudio de Flacso-Ibarómetro, es que existe algo bastante parecido a la pasión y se muestra mucha disposición a intervenir, de una u otra manera. Por de pronto, siete de cada diez personas reconoce que “la política tiene una gran influencia en la vida de cualquier ciudadano” y casi el 60 por ciento considera que entiende de política. Esto ya fue marcado en otras ocasiones por distintas personalidades que visitaron el país: les sorprende lo compenetrada e informada que está la sociedad argentina con lo que sucede en la política del país.

Las proporciones parecen altas. Seis de cada diez personas dijeron que participaron de actividades políticas durante el año anterior. Uno de cada cuatro sostuvo que participó de una marcha o manifestación, están los que intervienen en Internet para hacer conocer sus posturas y nada menos que el 23 por ciento afirmó que participó de alguna reunión o asamblea. Pero tal vez el dato que más llama la atención en este terreno es que el 17 por ciento de todos los entrevistados se considera a sí mismo militante, o sea que realiza actividades partidarias, muchas o pocas, pero vinculado a una fuerza política.

El núcleo duro que no se interesa por nada ni participa en nada es de aproximadamente el 33 por ciento, es decir, un tercio de la población. Son personas que dicen que no intervienen, no simpatizan con ningún partido ni hablan frecuentemente de política. Es la misma proporción de los que consideran que “todos los políticos son iguales” y, por consecuencia, que nada va a cambiar, hagan lo que hagan los ciudadanos.

Si se mira por segmentos, los hombres participan en política más que las mujeres. La diferencia es bastante notoria: el 55 por ciento de los hombres se manifestó interesado en política, mientras que lo mismo dijo sólo el 45 por ciento de las mujeres. En cuanto a las edades, en todas hay elevados números, pero habría que decir que, a más edad, más interés. Sin embargo, nada menos que el 47 por ciento de los jóvenes se manifestó interesado en política. Y, como era esperable, los que tienen educación universitaria completa son los que más intervienen y los más interesados. Allí la proporción sube al 70 por ciento, mientras que entre los que tienen hasta el primario completo los interesados son el 42 por ciento. Este último dato recrea las polémicas sobre el voto obligatorio o no: está estudiado que quienes menos van a votar cuando el voto no es obligatorio son los pobres y los no instruidos, lo que convierte a éstos en más desprotegidos aún. Como se prueba otra vez en el estudio de Flacso-Ibarómetro, el voto voluntario probablemente llevaría a las urnas a los interesados –los de más nivel económico– y provocaría ausentismo en los de menor nivel educativo y económico.

Un elemento llamativo es que, entre los que se preocupan por la política, el 55 por ciento tiene una buena imagen del gobierno nacional y el 45 por ciento lo desaprueba. Esto reitera que el oficialismo tiene una base militante –los consultores lo llaman núcleo duro– que está atenta a todo lo que pasa y se involucra en lo político. Esto se ve todavía más cuando Flacso e Ibarómetro preguntaron con qué frecuencia el entrevistado intenta convencer a sus amigos, familiares o compañeros de trabajo para que compartan su punto de vista. De los que dicen hacerlo siempre o algunas veces, el 70,5 por ciento aprueba al Gobierno. Es decir que es una fuerza con buen compromiso y actividad por parte de sus adherentes. Por supuesto que esto no adelanta resultados electorales, sobre todo si tratan comicios para elegir diputados o senadores: en esos casos, las personas pueden cambiar bastante y se da una inclinación hacia quien protesta más, alguien que podrían elegir para ser legislador pero no para gobernar. En una elección presidencial pesa bastante la evaluación de lo que se hizo hasta el momento, aunque también juegan las alternativas que se presentan. En cualquier caso, hoy por hoy el oficialismo parece contar –como se ve en la encuesta– con una base más apasionada, activa e interesada.

Del “que se vayan todos” de 2001 a la situación actual se transitó un camino: dos de cada tres personas dicen que se interesan, tratan de convencer y participan. Es público y notorio que hoy se debate casi en todos lados. Cuando la gente está ausente, indiferente, el poder –en particular, el económico– se siente a sus anchas y sus reglas tienden a imponerse con mayor facilidad. Y los perjudicados ya se sabe quiénes son.

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