Elogio a la “concordianidad”

El ser concordiano es un aspecto velado e inasible para los ajenos y extraños a esta ciudad quienes muchas veces elaboran juicios de valor apresurados sobre la idiosincrasia y los modos de los habitantes de este tesoro de la naturaleza llamado Concordia. Interpretar el ser concordiano no es fácil, incluso, ni los propios solemos hacerlo con claridad.
La concordianidad es vista como la flema de la cultura concordiense. Así que vamos a permitirnos el derecho de replicar esa definición parcial e injuriosa nacida de la falta de real atención y comprensión, y demostrar que en realidad la concordianidad es todo lo virtuoso que se esconde detrás de nuestras sonrisas de postales termales.
Si bien todos los concordienses llevamos un concordiano dentro, nos concentraremos, paciente lector, en el concordiano promedio; para ser más claros: en el típico concordiano que reúne casi todas o la totalidad de las virtudes que están contempladas dentro de esa forma de encarar la vida en este pueblo que un día se desayunó con que tenía los mismos conflictos que las grandes ciudades: Pobreza, desempleo, hacinamiento, delincuencia, contaminación, drogas…
El concordiano es una persona tímida e introvertida. Al concordiano le es dificultoso decir lo que piensa, no gusta mostrar sus ideas políticas, sus necesidades espirituales. Muchas veces se lo señala como una persona quejosa sin voluntad para transformar la realidad que lo agobia. Pero queridos amigos deben darse ya por enterados que no hay realidad tan agobiante como para quebrar el espíritu contemplativo del concordiano.
El concordiano promedio entiende mejor que nadie que en esta sociedad injusta se premia a los vagos y ladrones y se castiga al ciudadano decente que paga sus impuestos y vive de su laburo; a raíz de eso no le tiembla la voz cuando se dirige a los medios de comunicación exigiendo que la policía ponga más énfasis en su trabajo, que mantenga a la chusma avenidas afuera.
El concordiano es un filántropo: el pugna por una sociedad más segura a pesar de la inequidad, la ignorancia y la pobreza. Él se indigna de la patética imagen de los asentamientos de la miseria alrededor los barrios ricos de apellidos ilustres. Él odia los contrastes, así que, si hay pobreza mejor que no se note.
No debe ser fácil encontrar otra ciudad en la Argentina de la que sus habitantes renieguen tanto de sí mismos. Sin embargo el concordiano detesta las críticas hacia su gente y su ciudad cuando estas vienen de afuera. -“Los trapitos sucios se lavan en casa”, sentencia.
El concordiano medio es un defensor de la libertad de prensa siempre que esa libertad no interfiera con el negocio turístico de la ciudad, su nuevo motor de desarrollo. Es decir –volver a decir- si hay ignominias que no se digan.
El concordiano reniega de la fama que se ha ganado su ciudad pero no puede negar cierto placer perverso de picar en punta en ciertos guarismos: Ser la capital provincial del desempleo, del analfabetismo, de la indigencia, de la desnutrición. “Al menos figuramos primero en algo”, piensa. También suele esbozar una sonrisa que puede parecer de orgullo pero es de resignación por otras famas: “La capital provincial del peronismo”, “La ciudad de los chorros”.
El chantaje, la mala política y el lumpenaje parecen permear todo los aspectos de la vida en la ciudad. La mano negra de la politiquería y el negociado parece estar detrás de todo lo que erige como promesa de progreso y desarrollo. El concordiano, conciente y sensible a todo esto que sucede a su alrededor, adopta una actitud de verdadero sacrificio siguiendo una vieja máxima: “Cuanto peor, mejor”. Así, sigue votando a los mismos políticos, sigue arremetiendo contra todas las normas, pataleando cuando cree que las leyes y las ordenanzas cercenan su libertad para emborracharse, violar normas de convivencia, leyes de tránsito, ensuciar y romper los espacios públicos y atravesar la ciudad en bólidos imparables, robar la luz, el cable, malgastar el agua, dañar los edificios públicos, injuriar y calumniar al vecino por deporte. El concordiano cede a esa pulsión autodestructiva porque los políticos, a los que él ha dado tantas oportunidades para redimirse, le han traicionado llenando la ciudad de caras poco confiables y gente pordiosera. Porque la justicia no es ciega y mira bien a quien antes de hacer el bien. Porque es un convencido de que a los tipos que les va bien -y no son políticos- es por que son alcahuetes, lavanderos o testaferros de los rentistas de la política, de los capitales y el trabajo ajeno. “Entonces –piensa el concordiano- para que me voy a calentar si esto no se cambia más.”
El concordiano entiende el silencio como una manifestación de la inteligencia, por eso acostumbra a quedarse callado. A hacerse el sota por si las moscas… por si, quién sabe, quizás algún día necesita algún favorcito (es que la ciudad parece grande pero es tan chica).
Al concordiano lo magnetiza el éxito ajeno. Lo admira y lo sufre, incluso lo mistifica o lo llena de leyendas. Sobre todo si el ascenso a la fama del personaje en cuestión está rodeada de supuestos acontecimientos escabrosos.
“Mientras mas alto sube el mono el culo más se le ve” dice el refrán y al concordiano lo desquicia saber todo lo que concierne acerca de esos trastes que suben hacia la cima de esa montaña de cadáveres que se llama éxito. Después en las calles y en los bares agachará la cabeza y desviará la mirada reconociendo la derrota – El concordiano, a veces, puede ser tan estoico-, y si es afortunado de estar en el círculo de los conocidos, saludará y reconocerá a los vencedores de la ciudad desvencijada. Sin embargo, su tendencia al decoro hace que por lo alto sostenga que no le importa en nada la vida ajena y menos lo que digan los demás de la suya.
El concordiano vive el día. “Carpem Diem”, exclama. Para él el pasado pisado y el futuro es un problema para aquellos a quienes el mañana será presente. Así que busca en acontecimientos inmediatos la causa de los problemas de toda la vida. Los factores estructurales son muy engorrosos y llevan mucho tiempo de solución (10, 20 ó 30 años son muy poca cosa para la historia pero demasiado para la vida de una persona) entonces emprende huidas hacia delante para obtener las soluciones que le permitan salir del paso. Pero, como es sabido, toda regla tiene su excepción y como en Concordia las exepciones abundan, para el concordiano el pasado también tiene su lugarcito: Una de las virtudes de la concordianidad es la de honrar a los ancestros. Así que evite desconfiar si se le pregunta por su genealogía y se trate de establecer su parentesco con demás vecinos de mismo apellido. Para el concordiano saber de dónde provenimos es elemental para saber con quién se trata.

–Así que usted es Gomez, ¿Pero de qué Gomez es usted?- pregunta el concordiano.

Ser parte de la concordianidad tiene algún que otro beneficio como, por ejemplo, el de excusarse de los asuntos de interés público ya que suele estar ocupado en cuestiones más urgentes como tertulias, paseos por la ciudad o simplemente mirar como marcha todo por el barrio. Le está permitido hacer la del tero: cantar bien lejos de donde están puestos los huevos.
El concordiano no hace culto a la amistad tanto como a las relaciones sociales. Entiende a la perfección que toda relación debe ser provechosa. La idea del posible beneficio está en buena parte de sus actos.
El concordiano no es un poltron acomodaticio, conservador, apático e indolente como se lo suele acusar. Por el contrario, es un ciudadano coherente, por ejemplo: cuando le tocaron el bolsillo y sus ahorros quedaron acorraldos no salió a golpear las cacerolas así como tampoco patalea para que sus conciudadanos que también quieren seguir vivos, comer, dormir en una cama con frazadas, educarse, curarse, soñar algún futuro, puedan hacerlo.
El concordiano no es exactamente xenófobo como se lo suele acusar, sino que tiene la normal paranoia de un tipo que de pronto se encontró que su ciudad ya no es tan tranquila y, como buen paranoico, suele dejarse llevar por las apariencias.
En fin, hasta aquí llega este pequeño esfuerzo – quién suscribe también tiene su cuota de concordianidad- por abordar y tratar de desentrañar nuestra particular forma de encarar la vida en este paraiso diseccionado. Todos los que vivimos en esta ciudad tenemos algo de concordianos. La concordianidad nos incluye a todos en mayor o menor medida. La concordianidad no necesariamente nos hace peores personas, pero nos condena a una medianía asfixiante.

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